Los Zapatos Mágicos
por Abuela Hilda
Prólogo
Había una vez una niña muy hermosa y muy humilde que iba feliz a la escuela, aunque siempre llevaba la misma ropita.
Esta es la historia de un par de zapatos rotos, de una madre que no tenía dinero, de un zapatero que tenía otra cosa mucho más valiosa, y del día en que una niña de doce años descubrió que la magia existe, aunque casi nunca se ve donde uno la busca.
Capítulo 1: La Niña de la Mochila de Género
Camila tenía doce años y vivía en una casa pequeña, al final de una calle tranquila, junto a su madre, doña Ana, y su hermanita Lorena, de apenas seis añitos.
En su escuela no se usaba uniforme. La mayoría de los padres se esforzaba muchísimo por darles lo mejor a sus hijos, y por eso, en el patio, se veían zapatillas nuevas, mochilas de colores y chaquetas de marca.
Camila iba todos los días con la misma ropita: unos pantalones azules de cotelé, una blusa blanca y un chaleco negro. Todo muy limpio y bien planchadito, porque su madre lavaba y planchaba cada noche, después de trabajar, para que sus hijas nunca salieran desarregladas a la calle.
Su mochila era una bolsa de género que doña Ana le había cosido a mano, con una flor bordada en una esquina. Adentro, Camila llevaba todos sus cuadernos, forrados y bien cuidados, ordenados por asignatura, escritos con una letra clara y pareja que sus profesoras siempre elogiaban.
—Camila, tu cuaderno parece un libro —le decía la señorita Luisa.
Y Camila se ponía colorada de felicidad.
Era una excelente alumna. Se destacaba por sus buenas notas y por su inteligencia, pero sobre todo por algo que no aparece en ninguna libreta: era una niña correcta, educada y buena. Lo mismo que su hermanita Lorena, que en primero básico ya sabía leer de corrido y saludaba a todos los profesores por su nombre.
Doña Ana no tenía mucho, pero decía siempre lo mismo:
—Yo no les puedo dar lujos, mis niñas. Pero les doy educación, limpieza y cariño. Con eso se llega a cualquier parte.
Capítulo 2: Los Zapatos Despegados
Todos los días Camila se despertaba muy contenta.
Pero aquella mañana, mientras se vestía, ocurrió algo. Al ponerse los zapatos, notó que el derecho se sentía raro. Lo miró de cerca, y el corazón se le apretó: la suela estaba despegada en la punta, abierta como una boquita, dejando ver el forro de adentro.
Camila se quedó un rato sentada en la cama, mirándolos. Eran sus únicos zapatos. Los había usado dos inviernos completos.
Al final, se levantó y fue a la cocina.
—Mamá… mira. Mis zapatos se rompieron.
Doña Ana dejó la tetera sobre la cocina, se secó las manos en el delantal y tomó el zapato. Lo dio vuelta. Lo apretó. Y luego suspiró.
—Mmmm, hija —dijo, y en ese “mmmm” cabía todo lo que no quería decir en voz alta—. Es una pena muy grande. Pero ahora no cuento con el dinero para comprarte otro par. Vas a tener que ir con los mismos.
Camila vio la cara de su madre. Y entendió, como entienden los niños que crecen rápido, que no era falta de amor: era falta de plata.
Entonces sonrió.
—No te preocupes, mamita —dijo—. Yo misma los voy a arreglar. Les voy a poner del pegamento que tengo para el colegio.
Fue a buscar su cola fría, la misma que usaba para pegar recortes en el cuaderno de historia. Se sentó en el suelo de la cocina con el zapato entre las rodillas, puso el pegamento con muchísimo cuidado por todo el borde, apretó la suela con los dedos y se quedó ahí, contando en voz baja hasta doscientos, sin soltar, para que agarrara bien.
Doña Ana la miraba desde la puerta con los ojos brillantes.
Cuando Camila terminó, se puso de pie y dio unos pasos por la cocina.
—¡Quedó como nuevo! —anunció, orgullosa.
Su madre la abrazó fuerte, más fuerte de lo habitual.
—Gracias, hija —le dijo al oído—. Gracias por no hacerme sentir mal.
Camila terminó de arreglarse, se peinó la trenza, tomó su bolsa de género y salió muy feliz, de la mano de su madre y de Lorena, camino a la escuela.
Capítulo 3: Un Día en la Escuela
En la entrada estaba la directora, como todas las mañanas, dando la bienvenida a los alumnos uno por uno.
—Buenos días, Camila. Buenos días, Lorena.
Doña Ana abrazó a sus hijas y les deseó mucho éxito. Después saludó a doña Luisa, la profesora jefa, que también estaba recibiendo a sus estudiantes en la puerta de la sala.
—Buenos días, mis pequeños. ¿Cómo están? —decía la maestra.
—¡Buenos días, señorita Luisa! —respondían los niños a coro.
—Adelante, pasen, no se queden aquí parados, que hace frío.
Luego formaron muy ordenados en el patio, cada curso en su fila, y fueron entrando a sus salas. Los alumnos se sentaron en sus respectivos puestos. Camila se sentó en el suyo, junto a María, su mejor amiga desde primero básico.
—¿Trajiste el resumen? —le preguntó María en voz baja.
—Obvio —contestó Camila.
Después de pasar la lista, la maestra les hizo sacar el libro de lenguaje.
—Hoy vamos a leer en silencio —explicó—. Es una lectura entretenida, ya van a ver. Y cuando terminen, quiero que escriban un resumen con sus propias palabras. Con sus palabras, ¿ah? No copiando el libro.
La sala quedó en silencio, con ese ruidito suave de páginas pasando. Camila leyó rápido, porque le encantaba leer, y después escribió su resumen con esa letra suya, redonda y pareja.
Durante la jornada tuvieron otras asignaturas: matemáticas, ciencias, historia. Camila levantó la mano tres veces, y las tres veces respondió bien.
Todo iba perfecto.
Hasta que tocaron el timbre del recreo.
Capítulo 4: El Recreo más Largo
Camila se puso de pie, dio dos pasos hacia la puerta y lo sintió: ese aleteo blando en el pie derecho.
El zapato se había vuelto a despegar. La cola fría no había resistido toda la mañana.
Se quedó parada en medio de la sala, con la cara ardiendo de vergüenza. En el patio se escuchaban las risas y los gritos de siempre, y ella pensaba en una sola cosa: si salía así, alguien se iba a dar cuenta. Y si alguien se daba cuenta, se iban a reír de ella.
María la esperaba en la puerta.
—¿Vamos? —le dijo.
—Anda tú —contestó Camila—. Yo te alcanzo.
Cuando María salió, Camila se acercó a la profesora, que estaba ordenando unos papeles en su escritorio.
—Señorita Luisa… ¿me da permiso para quedarme aquí sentada en el recreo?
La maestra levantó la vista y la miró con atención.
—¿Qué te pasa, mi niña?
Camila agachó la cabeza y no dijo nada.
—Camila —insistió la señorita Luisa, con voz suave—. Mírame. ¿Qué te sucede?
Y entonces a Camila se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Es que se me despegó el zapato —confesó en un hilo de voz—. Lo arreglé en la mañana con cola fría, pero se soltó otra vez. Me da mucha vergüenza salir así. No quiero que mis compañeros se rían de mí.
La señorita Luisa dejó los papeles, rodeó el escritorio y se agachó para quedar a la altura de la niña.
—Escúchame bien —le dijo—. Aquí nadie se va a burlar de ti. Y si alguien lo hiciera, esa persona quedaría muy mal parada, no tú. ¿Sabes por qué?
Camila negó con la cabeza.
—Porque un zapato roto se arregla en cinco minutos —dijo la maestra—. Un corazón malo, en cambio, cuesta toda una vida arreglarlo. Y tú, Camila, tienes de las mejores notas del curso, la letra más linda que he visto en veinte años haciendo clases, y eres una niña educada y buena. Eso vale infinitamente más que un par de zapatos.
Camila se secó los ojos con la manga.
—Ahora bien —agregó la señorita Luisa, poniéndose de pie—, si te quieres quedar aquí sentada este recreo, te quedas y no pasa nada. Pero que sea porque tú quieres, no porque tengas miedo.
Camila se quedó. Sacó su cuaderno y dibujó un rato, tranquila, mientras afuera los demás corrían.
Y la señorita Luisa, sin decirle nada a nadie, tomó nota mental de una cosa: había que conversar con doña Ana.
Capítulo 5: Los Sietes y el Helado
Llegó la hora de irse a casa.
Camila fue a buscar a su hermanita a la sala de primero, la tomó de la mano y salieron juntas al portón, donde su madre las estaba esperando, como todos los días.
Las dos niñas corrieron a abrazarla.
—¿Cómo les fue, mis amores? —preguntó doña Ana.
—¡Muy bien, mamita! —dijo Lorena, dando saltitos—. ¡Me saqué un siete en la prueba de matemáticas!
—¡Y yo me saqué un siete en lenguaje! —agregó Camila.
Doña Ana las felicitó y las abrazó a las dos al mismo tiempo.
—Miren —dijo—, hoy vamos a hacer una cosa.
Pasaron por el local de la esquina, donde vendían helados, y compró uno para cada una. Ella no se compró ninguno, y dijo que no tenía ganas, aunque las niñas sabían muy bien que sí tenía.
—Es un premio por sus buenas notas —les dijo—. Se lo merecen.
Y así iban las tres por la vereda, conversando y riéndose, cada niña con su rico helado en la mano, felices como si el mundo entero les perteneciera.
Camila caminaba un poco chueco, cuidando el pie derecho para que el zapato no se abriera más. Pero no se quejó ni una sola vez.
Capítulo 6: La Puerta de don Carlos
Cuando iban llegando a la esquina de su casa, pasaron frente a la reparadora de calzado.
Era un local chiquito, con olor a cuero y a pegamento, lleno de hormas de madera y de zapatos esperando su turno en las repisas. En la puerta estaba don Carlos, el zapatero, un hombre mayor de manos grandes y manchadas, con su delantal de cuero puesto.
—¡Buenas tardes, vecina! ¡Buenas tardes, niñas! —saludó con cordialidad.
—Buenas tardes, don Carlos —respondieron las tres.
Pero el zapatero no volvió a entrar. Se quedó mirando, y notó lo que llevaba días notando: que a Camila le costaba dar el paso, que apoyaba raro el pie derecho.
—Hola, Camilita —dijo—. ¿Qué pasa con tus zapatos?
La niña se puso colorada. Miró al suelo. Y después, medio avergonzada, levantó un poco el pie para mostrarle la punta despegada.
Don Carlos asintió despacio, como quien confirma algo que ya sabía.
—Pasa, mi niña —dijo, abriendo la puerta—. Te voy a mostrar una cosa. Pase usted también, vecina.
Doña Ana entró con sus hijas, sorprendida, sin entender nada.
—Siéntate ahí —le indicó don Carlos a Camila, señalando un piso de madera.
Se agachó, abrió un cajón bajo el mesón y sacó una caja. Adentro, envuelto en papel, había un par de zapatos negros, nuevos, cosidos a mano, con la suela gruesa y el cuero brillante.
—Pruébatelos —dijo—. Si te quedan buenos, te los regalo.
Camila abrió los ojos como platos.
—¿Cómo? —alcanzó a decir doña Ana.
—Los hice una tarde, especialmente para ella —explicó el zapatero, encogiéndose de hombros, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Hace días que la venía observando pasar por aquí y me di cuenta de que tenía dificultades para caminar con sus zapatos rotos. Y yo tengo cuero, tengo hilo y tengo manos. Habría sido un pecado no hacerlos.
Camila miró a su madre, sin atreverse a moverse.
—Dale las gracias, hija —le dijo doña Ana, con la voz tomada.
Un poco tímida, la niña se sacó los zapatos viejos y se puso los nuevos. Se los abrochó. Se puso de pie.
Le quedaban perfectos. Ni apretados ni sueltos: perfectos, como si sus pies los hubieran estado esperando.
—Mira —le dijo don Carlos, agachándose para quedar frente a ella—, estos zapatos son muy especiales. Te los hice a ti, a tu medida, porque tú eres una chica muy buena y muy inteligente. Y las cosas hechas para una persona en particular nunca son iguales a las que se compran en cualquier parte.
Doña Ana, muy emocionada, buscaba en su cartera.
—¿Cuánto le debo, vecino?
—Nada —dijo él, levantando la mano—. No se preocupe. Eso se lo estoy regalando a la niña. Que los cuide y los disfrute, que para eso están.
Las tres salieron del local muy agradecidas. Camila abrazaba la caja con sus zapatos viejos como si también fueran un tesoro.
—Que Dios lo bendiga y le multiplique el negocio, don Carlos, por su buen corazón —le dijo doña Ana desde la puerta.
El zapatero sonrió.
—Mire, vecina: cuando yo era chico, un hombre que ni siquiera sabía mi nombre me regaló mis primeros zapatos de trabajo. Yo nunca se lo pude pagar. Así que mientras pueda, voy a ayudar a quien lo necesite. Y como usted es buena vecina, atenta con todos, por eso decidí hacerle este regalo a Camilita.
Capítulo 7: La Carrera hasta la Casa
Camila iba feliz por la vereda con sus zapatos nuevos.
Y de pronto se dio cuenta de algo. Podía caminar sin cuidar el pie. Podía saltar. Podía correr rápido y seguro, sin miedo a que algo se abriera o se soltara.
Dio un saltito. Después otro. Después una vuelta entera.
—¡Lorena! —dijo—. Echemos una carrera. La que llegue primero a la casa gana.
Las dos hermanas se pusieron en posición en la esquina, agachadas, muy serias, como corredoras profesionales.
—¡En sus marcas… listas… ya! —dio la partida doña Ana.
Lorena salió disparada. Y Camila, que la quería mucho, arrancó despacio a propósito, decidida a dejarla ganar.
Pero pasó algo curioso.
Camila corría despacio, sin apurarse, y de todas formas iba avanzando muchísimo. Era como si el suelo la empujara. Como si no pesara nada. Llegó a la reja de su casa primero, y ni siquiera estaba cansada.
—¡Mamita, mamita! —gritó, dando saltos—. ¡Estos zapatos son mágicos!
Doña Ana llegó riéndose, con Lorena colgada de un brazo.
—¿Mágicos?
—¡Sí! No los siento cuando voy corriendo ni cuando voy caminando. Parece que fuera volando. Son livianitos, mamá. ¡Parecen de plumas!
Esa noche, antes de dormir, Camila dejó sus zapatos nuevos junto a la cama, bien juntitos, para verlos apenas abriera los ojos. Y le dio las gracias a Dios, como hacía cada noche.
—Gracias por mi mamá —dijo bajito—. Gracias por mi hermanita. Y gracias por don Carlos.
Desde entonces iba a la escuela contentísima, porque ya nadie iba a poder burlarse de ella. Aunque, si somos justos, nadie se había burlado nunca: el único que la miraba con dureza era ese jueceito que todos llevamos dentro y que a veces habla más fuerte que los demás.
Capítulo 8: La Magia se Multiplica
Y lo mejor todavía no había pasado.
Dos días después, don Carlos golpeó la puerta de la casa con dos paquetes bajo el brazo.
—Vecina, no me diga que no, porque ya están hechos —dijo antes de que doña Ana alcanzara a hablar.
En un paquete había un par de zapatos rojos, pequeñitos, del porte exacto de Lorena. En el otro, un par de zapatos negros de mujer, cómodos, de esos que aguantan estar de pie todo el día.
—Estos son para usted —le dijo a doña Ana—. Una madre que camina tanto necesita buenos zapatos.
Doña Ana no pudo contestar nada, porque se puso a llorar.
Y había algo más. Don Carlos había reparado también los zapatos viejos de Camila. Los había cosido, no pegado: con hilo encerado y puntada firme, todo alrededor de la suela.
—Estos te quedan de repuesto —le explicó a la niña—. Y fíjate bien: cosidos así, nunca más se te van a despegar. El pegamento se cansa, mi niña. El hilo no.
Camila los tomó con las dos manos, y entonces se atrevió a contarle su secreto.
—Don Carlos… ¿sabe una cosa? Los zapatos que usted me hizo son mágicos. En serio. Con ellos corro y no me canso, y no los siento en los pies.
El zapatero se quedó muy quieto un segundo, y después se rió con una risa grande y feliz.
—¡Pero qué bueno, mi niña! —exclamó, muy asombrado—. Fíjate que yo no sabía. Entonces te voy a decir una cosa: los que te arreglé también son mágicos desde ahora. Y los de tu hermanita también. Y los de tu mamá, con mayor razón.
Las dos niñas lo abrazaron y le dieron un beso en la cara.
Después se fueron a la escuela de la mano de su mamá.
Allí les mostraron los zapatos a sus profesoras, a sus compañeras y a sus compañeros, contándoles muy serias que eran mágicos, que ahora podían correr, saltar y llegar muy lejos.
Y todos las miraron con alegría y les aplaudieron.
—¡Estamos muy felices por ustedes! —les decían—. Se lo merecen, por ser unas niñas tan bien portadas y respetuosas.
María abrazó a Camila y le dijo al oído:
—Yo siempre supe que a ti te iban a pasar cosas buenas.
Epílogo
Pasaron los años.
Camila terminó la escuela con las mejores notas de su generación y después estudió para profesora, porque nunca olvidó a una maestra que una vez se agachó para quedar a su altura y le dijo que un corazón malo es mucho más difícil de arreglar que un zapato roto.
Lorena creció y se hizo enfermera.
Doña Ana usó sus zapatos negros hasta que ya no dieron más, y cuando por fin se rompieron, no los botó: los guardó en el ropero, envueltos en papel, porque hay cosas que uno no bota.
Don Carlos siguió trabajando en su local chiquito, con olor a cuero y a pegamento, hasta que las manos le fallaron. Nunca supo cuántos pares de zapatos regaló en su vida, porque jamás llevó la cuenta. Decía que llevar la cuenta le quitaba la gracia.
Muchos años después, cuando Camila ya era la señorita Camila y hacía clases en esa misma escuela, vio un día a un niño de su curso que no quería salir al recreo. Se acercó, se agachó para quedar a su altura y le preguntó qué le pasaba.
El niño agachó la cabeza y no contestó.
Ella miró sus zapatos y entendió todo de inmediato.
Esa tarde, al salir, Camila caminó hasta la reparadora de calzado de la esquina —que ahora atendía el hijo de don Carlos— y encargó un par de zapatos a la medida.
Porque la magia, cuando es de la buena, no se gasta.
Se pasa.
La Lección
Esta historia nos enseña que:
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La pobreza no es una vergüenza: Camila iba a clases con la misma ropita todos los días, pero limpia, planchada y con la frente en alto. Nadie es menos por tener poco. El valor de una persona no se cuelga de la ropa.
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La dignidad se demuestra en los detalles: Los cuadernos forrados, la letra pareja, la mochila cosida a mano. Doña Ana no podía dar lujos, pero enseñó a sus hijas a cuidar y a valorar lo que tenían, que es una de las lecciones más grandes que existen.
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Los niños también cuidan a sus padres: Camila vio la cara de su madre y decidió arreglar sola sus zapatos para no hacerla sentir mal. Ese gesto pequeñito fue un acto de amor enorme.
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Contar lo que nos pasa nos alivia: Camila quería esconderse en la sala. Pero al contarle la verdad a su profesora, recibió las palabras exactas que necesitaba escuchar. Callar la vergüenza la hace crecer; hablarla la hace chiquita.
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Hay que mirar a los demás de verdad: Don Carlos no preguntó porque fuera curioso. Preguntó porque venía observando desde hacía días. La bondad empieza siempre por ahí: por darse cuenta.
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Dar sin esperar nada a cambio: El zapatero no cobró, no pidió agradecimientos y no llevó la cuenta. Ayudó porque alguna vez lo ayudaron a él, y así devolvió al mundo lo que el mundo le había prestado.
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La verdadera magia es el amor de la gente: Los zapatos no volaban. Eran buenos zapatos, hechos a mano y a la medida. Pero para Camila eran mágicos, porque estaban hechos con cariño. Cuando algo se hace con amor, siempre parece un milagro.
Que la historia de Camila nos recuerde que en cada escuela hay un niño o una niña que no quiere salir al recreo por algo que le da vergüenza. Y que a veces basta con un par de zapatos, o con una pregunta hecha a tiempo, para devolverle las ganas de correr.
Fin