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Las Leñadoras

13 min de lectura
Edades 7-14
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por Abuela Hilda

Cuento Corto

Se cuenta que esta historia ocurrió en un pueblito enclavado al pie de una montaña, donde el aire huele a leña recién cortada y las mañanas amanecen envueltas en neblina.

Es la historia de tres hermanitas que aprendieron muy temprano que hay heridas que no se ven, pero que duelen igual. Y también aprendieron algo mucho más difícil: que la manera más valiente de responder al desprecio no es con más desprecio, sino con el corazón abierto.

Capítulo 1: La Casa junto a la Montaña

En aquel pueblito, camino arriba, había una casa sencilla de tablas y techo de zinc. Allí vivían José, el padre; Sonia, la madre; y sus tres hijitas de diez años, que eran trillizas: Marisol, Luz y Clara.

Eran una familia muy alegre y muy feliz, a pesar de ser humildes. En su casa nunca sobró el dinero, pero jamás faltaron la mesa servida, la risa en la cocina ni el abrazo antes de dormir.

Las tres niñas eran encantadoras. Tenían los mismos ojos oscuros y vivaces, y aunque se parecían tanto que los vecinos a veces las confundían, cada una tenía su propio carácter. Marisol era la más seria y observadora. Luz era conversadora, alegre, incapaz de guardar un secreto por mucho tiempo. Y Clarita, la menor por unos minutos, era la más tierna y también la más firme cuando algo le parecía injusto.

Las tres eran excelentes alumnas. Estudiaban a la luz de una ampolleta amarillenta, con los cuadernos apoyados en la mesa del comedor, mientras su madre remendaba ropa a su lado.

Todos los días, muy temprano, su padre bajaba a la ciudad a vender leña. La cargaba en su vieja carreta y la repartía a las panaderías, a los almacenes y a las casas particulares que se preparaban para el invierno. Y aprovechaba el viaje para llevar a sus hijas al colegio.

—Pórtense bien, mis niñas —les decía al despedirlas—. Y aprendan mucho, que el estudio es la única herencia que yo les puedo dejar.

—Sí, papito —respondían las tres a coro, y le daban un beso en la mejilla áspera.

Al llegar a la sala, las hermanitas saludaban con mucha educación a sus profesores, a sus amigas y a sus compañeros. Se sentaban juntas en la segunda fila y sacaban sus útiles con cuidado, porque sabían cuánto costaba cada lápiz.

Todo parecía perfecto. Pero dentro de esa misma sala había un grupo de compañeras que las miraba de otro modo.

Capítulo 2: El Apodo

Eran tres: Paula, Lorena y Angélica.

Nadie supo nunca con certeza de dónde nació aquello. Tal vez fue envidia por las buenas notas. Tal vez fueron celos porque las tres hermanitas se tenían siempre la una a la otra. Tal vez, simplemente, era más fácil burlarse que preguntar.

Un día, mientras las hermanas entraban a la sala, Angélica soltó en voz alta:

—Ahí vienen las leñadoras.

Las demás rieron. Y el apodo se quedó pegado como la resina en las manos.

Desde entonces, no hubo día tranquilo. Si alguien perdía un lápiz, decían que se lo habían llevado las leñadoras. Si a las hermanitas les iba bien en una prueba, aseguraban que se habían soplado. Si llegaban con los zapatos manchados de barro del camino de la montaña, arrugaban la nariz y decían que andaban sucias.

Y lo peor de todo llegó una mañana de mayo. Lorena escondió su propio estuche dentro de su mochila y luego, con lágrimas fingidas, anunció que se lo habían robado.

—Yo vi a Clara cerca de mi puesto —dijo Angélica, mirando al suelo con falsa timidez.

Clarita sintió que la sangre se le iba del rostro. Se puso de pie con las manos temblando.

—Yo no tomé nada —dijo, y su voz sonó pequeña, pero firme—. Nunca he tomado nada que no sea mío.

Nadie la acusó formalmente ese día. Pero la palabra “ladronas” quedó flotando en el aire, y esa palabra pesa mucho sobre los hombros de una niña de diez años.

En el recreo, las tres hermanitas se sentaron juntas al fondo del patio, bajo un aromo.

—¿Por qué nos hacen esto? —preguntó Luz, con los ojos llenos de lágrimas—. Nosotras nunca les hemos hecho daño a nadie.

Marisol la abrazó por los hombros.

—No lo sé —contestó—. Pero nosotras sabemos quiénes somos. Eso es lo que importa.

Clarita se quedó mirando la montaña, allá a lo lejos, donde estaba su casa.

—No le digamos nada a papá ni a mamá —dijo de pronto.

—¿Por qué no? —preguntó Luz.

—Porque se van a poner tristes. Papá se levanta a las cinco de la mañana para traernos aquí. Mamá se queda cosiendo hasta tarde para que tengamos uniformes limpios. Si les contamos esto, van a sufrir por algo que no pueden arreglar.

Las tres se quedaron calladas. Y así, sin decirlo con todas las palabras, hicieron un pacto.

Capítulo 3: El Secreto de las Hermanas

A la hora de la salida, su padre las esperaba en la esquina, junto a la carreta ya vacía, con las manos sucias de tierra y corteza y la sonrisa más limpia del mundo.

—¡Mis niñas! ¿Cómo les fue hoy?

Y las tres, que minutos antes se habían secado las lágrimas en el baño del colegio, disimulaban tan bien que ni el más atento se habría dado cuenta.

—¡Muy bien, papito! —decía Luz—. Nos sacamos buenas notas en matemáticas.

—La señorita Claudia dijo que mi composición era la mejor del curso —agregaba Marisol.

José caminaba entre las tres, orgulloso como un rey, contándoles a quién le había vendido leña ese día y cuánto habían juntado para el invierno.

Pero de noche, cuando la casa quedaba en silencio y solo se escuchaba el viento bajando de la montaña, las hermanitas conversaban en voz baja desde sus camas.

—¿Tú crees que algún día se van a aburrir de molestarnos? —preguntaba Luz.

—Algún día —respondía Marisol.

—¿Y si nunca se aburren? —insistía Clarita.

—Entonces igual vamos a estar bien —decía Marisol—, porque somos tres.

Lo que las hermanitas no sabían era que, en el colegio, alguien había empezado a mirar con mucha atención.

Capítulo 4: Los Ojos de los Maestros

En la sala de profesores, el tema se había conversado más de una vez.

—A mí no me calza —dijo la señorita Claudia, la profesora jefa, revolviendo su té—. Esas tres niñas son de las alumnas más educadas que he tenido. Y de pronto resulta que copian, que roban, que andan sucias. No me calza.

—A mí tampoco —respondió el profesor de educación física—. Pero las acusaciones vienen siempre del mismo grupo.

—Entonces hagamos algo mejor que suponer —dijo la señorita Claudia—. Observemos.

Y eso hicieron.

Durante varias semanas, los profesores prestaron una atención discreta pero constante. En las pruebas, la señorita Claudia se ubicaba donde pudiera ver el puesto de las tres hermanitas sin que ellas lo notaran. Y lo que vio fue siempre lo mismo: tres niñas inclinadas sobre su hoja, mordiendo el lápiz, sin levantar la vista.

Cuando desapareció una goma, la profesora no preguntó nada delante del curso. Simplemente esperó. Y al día siguiente vio la goma “perdida” asomando del bolsillo del delantal de Paula.

Cuando se habló otra vez de que “las leñadoras andaban sucias”, la señorita Claudia se fijó de verdad: los uniformes de las tres hermanitas estaban gastados, sí, remendados en los codos, sí, pero impecablemente limpios y planchados. Alguien los cuidaba con un amor enorme.

Una tarde, la profesora se quedó sola en la sala corrigiendo pruebas. Al llegar a la de Clarita, encontró en el margen, escrito con letra pequeñita, un mensaje que la niña no borró:

“Yo no copio. Yo estudio.”

La señorita Claudia se quedó largo rato con esa hoja en la mano. Luego se secó los ojos, guardó las pruebas y tomó una decisión.

Capítulo 5: El Consejo de Curso

El viernes siguiente, la señorita Claudia anunció que tendrían un consejo de curso.

Cerró la puerta, dejó la tiza sobre el escritorio y se sentó en el borde de la mesa, frente a sus alumnos.

—Hoy no vamos a hablar de notas —dijo—. Hoy vamos a hablar de algo mucho más importante: de cómo nos tratamos.

La sala quedó en absoluto silencio.

Habló primero del respeto. Habló de que en ese curso había niños que llegaban caminando media hora y otros que llegaban en auto, y que eso no hacía a ninguno mejor que otro. Habló de las palabras que se dicen en broma y que se clavan como astillas.

Luego levantó la vista.

—Paula, Lorena, Angélica. Pasen adelante, por favor.

Las tres se pusieron de pie despacio y caminaron hasta el pizarrón con la mirada baja.

—Quiero hacerles una sola pregunta —dijo la profesora, con voz tranquila pero muy seria—. ¿Por qué han acusado a sus compañeras durante todo este tiempo?

Ninguna respondió.

—Se lo pregunto porque nosotros, los profesores, hemos estado observando durante semanas. Y sabemos, con certeza, que nada de lo que ustedes dijeron era verdad. Ni una sola cosa.

Un murmullo recorrió la sala.

—Acusar a alguien de algo que no hizo no es una travesura —continuó la señorita Claudia—. Es una injusticia. Y esto va a tener una consecuencia muy grande.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Marisol levantó la mano. Se puso de pie, y sus dos hermanas se pusieron de pie con ella.

—Señorita —dijo—, no se preocupe. Nosotras las perdonamos.

La profesora las miró, conmovida.

—Mis niñas —respondió con suavidad—, les agradezco enormemente lo que acaban de hacer. Ustedes tienen todo el derecho de perdonar, y ese es un gesto muy grande. Pero perdonar no significa que la falta desaparezca. Ellas también tienen que aprender.

Las tres acusadas seguían con la cabeza gacha, coloradas de vergüenza, sin poder mirar a nadie.

—Mañana quiero a sus apoderadas aquí, en el colegio —concluyó la señorita Claudia, entregándoles una citación a cada una—. Pueden volver a sus puestos.

Paula, Lorena y Angélica caminaron de regreso. Y al pasar junto a las hermanitas, no las miraron con arrepentimiento, sino con rencor.

Capítulo 6: La Citación y la Amenaza

Al día siguiente, las tres hermanitas llegaron como siempre, contentas, saludando a sus amigas y a sus profesoras.

En la puerta del colegio, en cambio, Paula, Lorena y Angélica venían llegando en silencio, cada una junto a su madre.

La señorita Claudia las hizo pasar a la oficina, donde también las esperaba la señora Cristina, la directora. Allí les contó, con calma y sin exagerar nada, todo lo que había ocurrido durante el año: el apodo, las burlas, las acusaciones de copia, la palabra “ladronas”.

Las tres madres escuchaban desconcertadas.

—¿Es cierto eso, Lorena? —preguntó una de ellas, con la voz temblando de decepción.

Lorena no supo qué responder. Ninguna de las tres supo.

—Yo les enseñé otra cosa en la casa —dijo la mamá de Paula, con los ojos húmedos—. De verdad les enseñé otra cosa.

Las apoderadas pidieron disculpas a la señorita Claudia y a la directora.

—Esto se conversa en casa —le dijo a su hija la mamá de Angélica—. Muy seriamente.

Cuando las madres se retiraron, las tres niñas caminaron hacia la sala. Al entrar, miraron a las hermanitas con desprecio, como si el problema hubiera sido de ellas.

Durante el recreo, Marisol, Luz y Clarita jugaban a la ronda con sus amigas. En medio del juego, Clarita se apartó un momento para ir a tomar agua al bebedero.

Angélica la estaba esperando.

—Por tu culpa nos citaron a nuestras mamás —le dijo, acercándose mucho—. A la salida te vamos a estar esperando afuera. Las tres. Y nos vas a pagar el mal rato.

Clarita sintió el corazón golpeándole el pecho. Pero no retrocedió y no lloró. Se quedó mirándola a los ojos unos segundos, en silencio, con una serenidad que a Angélica la descolocó por completo.

Después se dio media vuelta y volvió tranquilamente a jugar con sus compañeras.

A Angélica le dio una rabia enorme. Había preparado esas palabras para asustarla, y la niña de la montaña simplemente no había entrado en el juego.

Sonó la campana. Volvieron a la sala para la última clase del día, y Clarita puso más atención que nunca, porque su papá siempre le decía que la mejor respuesta a la rabia ajena es hacer bien lo propio.

A la hora de salida, las tres hermanitas se reunieron con su padre en la esquina de siempre. Clarita miró hacia la reja, a la vereda, a la esquina. No había nadie esperándola.

Y comprendió algo importante: aquella amenaza nunca había sido de verdad. Solo era ruido.

Capítulo 7: La Conversación de Sonia

Semanas después, la señorita Claudia citó a reunión a todos los apoderados del curso para conversar sobre el rendimiento académico de cada niño y de cada niña.

Sonia llegó con su chal bueno, el que guardaba para las ocasiones importantes. Escuchó todo con atención, anotando en una libretita las fechas de las pruebas.

Al terminar la reunión, cuando los demás apoderados salían, la profesora se le acercó.

—Sonia, ¿podría quedarse un momento? Necesito conversar con usted.

A Sonia se le apretó el estómago. Pensó de inmediato lo peor: que sus hijas se habían portado mal, que tenían problemas, que algo había pasado.

—No se preocupe —le dijo la señorita Claudia al ver su cara—. Es todo lo contrario. Sus hijas son un gran ejemplo para el curso. Son excelentes alumnas, educadas y respetuosas. Se lo digo de corazón.

—Entonces… ¿qué sucede? —preguntó Sonia.

La profesora respiró hondo.

—Sucede que hay un grupo de alumnas que, no sé si por envidia o por celos, las ha estado molestando durante todo el año. Las llamaban “las leñadoras” para burlarse. Las acusaron de copiar en las pruebas e incluso de robar. Nosotros investigamos y comprobamos que todo era mentira. Ya se tomaron medidas y se citó a las apoderadas.

Sonia se quedó muy quieta. Luego habló, muy despacio:

—Yo no tenía idea. Ni una sola vez me dijeron algo. Todos los días llegan riéndose, contándome cosas del colegio…

—Sus hijas las han protegido a ustedes —dijo la señorita Claudia con dulzura—. Eso también dice mucho de cómo las criaron.

Esa tarde, en la casa junto a la montaña, Sonia esperó a que sus hijas terminaran de tomar once. Después se sentó frente a ellas.

—Necesito que me cuenten qué ha estado pasando en el colegio —dijo—. Y necesito que me lo cuenten todo.

Las tres se miraron. Luz fue la primera en romper a llorar, y detrás de ella se soltaron las otras dos. Salió todo: el apodo, las risas, el estuche escondido, la palabra “ladronas”, las noches en que no querían levantarse.

Sonia las abrazó a las tres al mismo tiempo, como cuando eran bebés.

—¿Y por qué no me dijeron nada, mis niñas?

—Mamita —contestó Marisol, con la voz quebrada—, no te queríamos preocupar. Ni a ti ni a papá.

Sonia les tomó la cara entre las manos.

—Escúchenme bien. Ustedes son unas niñas valientes y buenas, y estoy muy orgullosa de las tres. Pero hay algo que quiero que aprendan hoy: cargar sola con una pena no te hace más fuerte, te hace más sola. Para la próxima, cualquier cosa, por chiquita que sea, me la cuentan de inmediato. ¿Me lo prometen?

—Te lo prometemos —dijeron las tres.

Esa noche, José escuchó la historia completa junto al fogón. No dijo casi nada. Solo se quedó mirando el fuego un largo rato. Después se levantó, entró a la pieza de las niñas y les besó la frente a cada una, creyéndolas dormidas.

—Ustedes valen oro —susurró—. Que nadie les diga lo contrario.

Capítulo 8: El Paseo al Parque

Llegó la primavera y, con ella, una buena noticia. La señorita Claudia anunció que el viernes irían de paseo a un parque cercano.

—Necesito dos cosas —explicó—. La primera, una autorización firmada por sus padres. Y la segunda, una colación para compartir. Recuerden esa palabra: compartir.

El viernes amaneció despejado. El parque estaba lleno de sol, de pasto recién cortado y de gritos de niños corriendo. Al mediodía, la profesora los llamó a todos para el almuerzo, y cada uno fue sacando lo que traía.

Marisol, Luz y Clarita habían llevado lo que su madre pudo preparar: pan amasado, un poco de queso, huevos duros y una botella de jugo de manzana del árbol de la casa.

Mientras acomodaban su manta, Clarita se dio cuenta de algo. Un poco más allá, apartadas de todos, bajo la sombra de un árbol, había tres niñas sentadas en silencio, sin comer nada.

Eran Paula, Lorena y Angélica.

—Miren —dijo Clarita en voz baja.

Luz frunció el ceño.

—Que se queden ahí. Después de todo lo que nos hicieron…

Marisol se quedó pensando un momento. Y después dijo:

—Vamos a preguntarles qué les pasa.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó Luz.

—Muy en serio.

Las tres hermanitas se levantaron y caminaron hacia el árbol. Las otras tres las vieron llegar y se pusieron tensas, esperando burlas, esperando el desquite, esperando exactamente lo que ellas mismas habrían hecho.

—Hola —dijo Marisol—. ¿Qué les pasa? ¿Por qué están sentadas aquí solas?

Hubo un silencio incómodo. Al final, Paula habló casi sin voz:

—No pudimos traer nada para compartir. En mi casa esta semana… no se pudo.

Lorena miraba fijamente el pasto. Angélica, la más orgullosa de las tres, tenía los ojos brillantes y apretaba los labios para no llorar.

Clarita se agachó frente a ellas.

—Nosotras trajimos harto —dijo—. Vengan con nosotras.

Angélica levantó la cabeza de golpe.

—¿Por qué? —preguntó, y su voz salió áspera, casi enojada—. Después de todo lo que les hicimos, ¿por qué nos ofrecen algo?

Marisol se encogió de hombros con una sencillez desarmante.

—Porque tienen hambre —dijo—. Y porque ustedes también son nuestras compañeras. Vamos a olvidar todo lo que pasó entre nosotras. Empecemos de nuevo.

—No podemos aceptar —murmuró Lorena, muerta de vergüenza.

—Sí pueden —respondió Luz, y por primera vez en todo el año le sonrió de verdad—. Vamos a sentarnos y vamos a repartir todo en partes iguales. Nadie come más que otro.

Y así fue.

Sobre la manta a cuadros extendieron el pan amasado, el queso, los huevos, unas galletas que aportaron otras compañeras y el jugo de manzana, que alcanzó para seis vasos justos. Comieron todos juntos, primero en silencio, luego con alguna risa tímida, y al final conversando a gritos y peleándose el último trozo de pan como cualquier grupo de niñas de diez años.

En algún momento, Angélica dejó su vaso en el pasto y dijo, sin mirar a nadie en particular:

—Perdón. De verdad.

Nadie hizo un discurso. Clarita solo le pasó la última galleta.

Esa tarde jugaron a la pinta, a la ronda y a las escondidas por todo el parque. La señorita Claudia, sentada a lo lejos con las otras profesoras, vio a seis niñas correr tomadas de la mano y tuvo que sacarse los lentes para secarse los ojos.

—¿Está bien, colega? —le preguntó alguien.

—Muy bien —respondió—. Es que a veces uno cree que les enseña, y resulta que son ellos los que le enseñan a uno.

Desde aquel día en el parque, las seis fueron amigas inseparables.

Nunca más volvió a escucharse el apodo en tono de burla. Al contrario: cuando alguien de otro curso quiso usarlo para molestar, fue Angélica la primera en salir a defenderlas.

—Sí, son las leñadoras —dijo, con la frente en alto—. Y son mis amigas. Su papá trabaja más que el tuyo y que el mío juntos.

Ese día, el apodo dejó de ser una herida y se transformó en un nombre del que las tres hermanitas se sintieron orgullosas.

En diciembre, cuando terminó el año escolar, Marisol, Luz y Clara subieron al escenario a recibir sus diplomas de excelencia académica. Desde la primera fila, José aplaudía con esas manos grandes y ásperas de cortar leña, y Sonia lloraba sin ningún disimulo.

Detrás de ellos, Paula, Lorena y Angélica aplaudían más fuerte que nadie.

Los profesores y los apoderados comentaron durante mucho tiempo lo que había ocurrido en ese curso. No hablaban del castigo ni del reto, porque no fue eso lo que cambió las cosas.

Hablaban de una manta a cuadros extendida sobre el pasto, de un pan amasado repartido en partes iguales y de tres niñas de la montaña que tuvieron la valentía de ofrecer amistad justo a quienes menos la merecían.

Y así terminaron aquel año escolar: siendo buenas amigas, grandes amigas, para siempre.

La Lección

Esta historia nos enseña que:

  1. Las burlas dicen más de quien las hace que de quien las recibe: A Marisol, Luz y Clara las llamaron “las leñadoras” para humillarlas. Pero el trabajo honrado de su padre nunca fue una vergüenza; la vergüenza estaba en quienes se reían de él.

  2. Acusar en falso no es una broma: Inventar que alguien copia o roba puede parecer un juego, pero deja marcas profundas. Las palabras injustas pesan, y a veces pesan durante años.

  3. Callar una pena no es ser fuerte: Las hermanitas se guardaron todo para no preocupar a sus padres. Su intención era buena, pero sufrieron solas mucho tiempo. Cuando algo te duele, cuéntaselo a alguien que te quiera.

  4. Los adultos deben mirar de verdad: La señorita Claudia no se quedó con la primera versión. Observó, comprobó y actuó. Muchas injusticias terminan el día en que un adulto decide poner atención.

  5. Perdonar no es fingir que nada pasó: Las tres hermanitas perdonaron de inmediato, y eso fue enorme. Pero también fue justo que las otras niñas asumieran las consecuencias de sus actos, porque asumirlas es parte de aprender.

  6. La generosidad desarma más que la venganza: Las hermanitas pudieron devolver el desprecio recibido. En cambio, compartieron su pan. Ese gesto logró en un mediodía lo que ningún castigo había logrado en todo el año.

  7. La verdadera nobleza no depende del dinero: En esta historia, las niñas más humildes fueron las más generosas. La grandeza de una persona no se mide por lo que tiene, sino por lo que es capaz de dar.

Que la historia de Marisol, Luz y Clara nos recuerde que en cada sala de clases hay alguien que la está pasando mal en silencio. Y que a veces basta con acercarse, preguntar “¿qué te pasa?” y compartir lo que uno lleva, para cambiarle el año entero a otra persona.

Fin

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