Panchita era una niña hermosa que vivía en un castillo junto a sus padres, los reyes de la ciudad llamada Sol Naciente. Tenía quince años, el cabello rubio como el trigo maduro y unos ojos azules tan claros que parecían un pedacito de cielo.
Asistía a un colegio cerca del castillo, pero nadie allí sabía dónde vivía, porque Panchita era una personita alegre, humilde y sencilla, que jamás presumía de nada. Sus padres, en cambio, eran un poco egoístas y tenían el corazón algo duro. Panchita era todo lo contrario: generosa y solidaria, y nunca le faltaban los recursos para compartirlos con sus amiguitos del colegio, ya fuera una colación, un lápiz de colores o una palabra de cariño.
Se acercaba muy pronto la Navidad. Para Panchita era una época mágica, que le significaba pura felicidad: las luces que se encendían en las ventanas, el olor a pan de pascua que salía de las cocinas, los villancicos que cantaban los niños por las calles.
Al llegar del colegio, conversó con sus padres. Les dijo que quería compartir una cena con todas las familias de su ciudad, y que deseaba que todos los niños tuvieran una fiesta que nunca pudieran olvidar. Sus padres quedaron muy asombrados con la petición. Ellos siempre accedían a lo que su hija les pedía, pero esta vez, por su egoísmo, le dijeron que no.
—No estamos para compartir comida con otros niños ni con otras familias —le dijo su padre, sin levantar la vista del periódico.
Esa noche Panchita se fue a dormir muy triste, porque no iba a poder brindarles felicidad a esos niños. Desde su cama miraba las estrellas por la ventana y pensaba en sus compañeros, en los que no tendrían regalos y en los que cenarían poquito en Nochebuena.
Al despertar al día siguiente se levantó como de costumbre, desayunó junto a sus padres y luego se fue al colegio. Durante el día, en sus ratos de descanso, no dejaba de pensar cómo podría preparar una rica once para su pueblo y repartir juguetes a todos los niños que más lo necesitaban.
Esa tarde, ya de vuelta en el castillo, estaba sentada en el balcón mirando hacia el horizonte, donde el sol se escondía tiñendo de rosado las colinas. De pronto, en medio del jardín, vio a una princesita vestida de blanco, con una varita muy reluciente. Al ver a la niña tan preocupada, la princesita la llamó con la mano para que bajara.
Panchita bajó de inmediato. La princesita la saludó cariñosamente:
—Hola, Panchita. Sé que estás muy preocupada porque deseas compartir una cena con todas las familias y los niños de la ciudad, y quieres hacerles regalos a todos los niños. ¿Verdad? También sé que a tus padres no les ha gustado la idea.
—Sí, es verdad —le respondió Panchita muy triste—, y no sé qué hacer.
Entonces la princesita, que en realidad era un hada y vivía en un palacio escondido en un bosque cercano, le dijo:
—Yo soy tu hada madrina, y sé que voy a poder cumplir tu sueño. Así que no estés triste; yo veré cómo lo podemos hacer. Eso sí, tiene que ser un secreto entre las dos. No se lo puedes decir a nadie.
—Yo no le contaré a nadie, quédate tranquila —le prometió Panchita, feliz, y le dio las gracias.
Justo en ese momento su madre salió al jardín a buscarla. Desde lejos la había visto hablando sola y moviendo los brazos, así que se acercó muy curiosa.
—¿Con quién estás hablando, mi niña hermosa?
Panchita se quedó callada un momento, y luego le dijo:
—Con nadie, mamita.
—¿Y entonces por qué estabas levantando las manos?
—Ah, es que estaba ensayando una poesía que nos enseñaron en el colegio.
—Ah, ya, está bien —dijo su madre—. Vamos adentro, que está haciendo frío y te puedes enfermar.
—Ya, mamita, voy de inmediato.
Panchita se dio media vuelta y, sin que su madre se diera cuenta, le hizo señas a su hada madrina para despedirse de ella. La princesita le guiñó un ojo y desapareció entre los rosales, dejando en el aire un brillo como de polvo de estrellas.
Al entrar a casa, la niña volvió a preguntarle a su mamá:
—¿Me vas a dejar invitar a todos los niños de la ciudad, con sus padres, para Navidad?
—¡Cómo se te ocurre! —le contestó ella—. Esos niños son diferentes a nosotros. Tú no puedes juntarte con ellos.
—Pero mamá, ¿en qué somos diferentes, si somos todos iguales? ¿Tú crees que porque ellos tienen menos que nosotros vamos a ser diferentes?
Su madre no supo qué responder, y la conversación quedó flotando en el aire.
Sucedió entonces que una mañana Panchita amaneció muy enferma. Tenía las mejillas pálidas y casi no podía levantarse. Sus padres no sabían qué podía tener su hija, así que la llevaron al mejor hospital de la ciudad, donde la dejaron internada porque su estado era grave. Pasaron los días y no se recuperaba. Los doctores ya no hallaban qué hacer, hasta que, haciéndole exámenes, descubrieron que la única manera de que mejorara era con una transfusión de sangre.
Sus padres comenzaron a buscar entre su familia a alguien que tuviera la misma sangre de Panchita, pero nadie la tenía. Por primera vez, el rey y la reina sintieron que todo su oro no les servía de nada. Pasaban las noches junto a la cama de su hija, tomándole la mano, sin saber a quién más pedir ayuda.
La noticia de la enfermedad de la niña se corrió por toda la ciudad. Todos sabían lo que la pequeña había querido hacer por ellos para Navidad, y veían que la fecha ya se acercaba. Entonces corrieron la voz y se pusieron de acuerdo: irían al hospital a donar su sangre, con tal de que la niña se mejorara.
Durante una semana se hicieron filas y más filas a la entrada del hospital. Llegaban panaderos con harina en el delantal, pescadores con las manos curtidas, profesoras, abuelitos con bastón y madres con sus guaguas en brazos. Pero ninguno tenía la sangre que la niña necesitaba. Sus padres estaban desesperados; la única solución que les quedaba era llevar a Panchita a otro país para que la curaran.
Pero, ¡oh, sorpresa!, aún faltaba una familia muy humilde por venir a donar. Fueron de los últimos en llegar. Tenían un hijo de la misma edad de la niña, y él donó su sangre. ¡Y cuál fue la sorpresa! Era justo la sangre que Panchita necesitaba, y ella comenzó a mejorarse.
Pasaron unos días y le dieron el alta. Sus padres no cabían en sí de alegría. Al llegar a casa la abrazaban una y otra vez, diciéndole:
—Te amamos mucho. No sé qué habríamos hecho si tú no estuvieras con nosotros.
La niña, muy feliz, los abrazó y les dijo:
—Gracias, papitos, por permitir que la gente de la ciudad me ayudara.
—Tal vez tú tienes un hada madrina que te ayudó —le dijeron ellos.
La niña solo se limitó a sonreír.
Mirando por la ventana hacia el jardín, se llevó una gran sorpresa: su hada madrina estaba allí, y estaba junto al niño que la había salvado.
—Mamá, mira, hay un niño afuera —dijo Panchita.
Sus padres salieron con ella al jardín. El chico, que se llamaba Sebastián, los saludó muy humildemente y les contó que él era quien había donado parte de su sangre para que Panchita sanara. Los padres de ella, muy emocionados, le dieron las gracias y lo invitaron a entrar a tomar una tacita de té con ellos.
La niña estaba muy asombrada por el cambio de sus padres, y se preguntaba qué podía haber pasado para que actuaran de esa manera. Más asombrada quedó cuando ellos le dijeron:
—Hija, ¿sabes? Falta muy poco para Navidad, y te vamos a cumplir tus deseos. Vamos a hacer una gran fiesta, daremos una gran cena y no dejaremos a ningún niño sin su regalo.
Lo que había sucedido era que sus padres habían visto cómo la gente de su pueblo les demostraba que para ellos no existía la diferencia de clases; que todos, a pesar de todo, sabían dar sin esperar nada a cambio.
También sucedió que Panchita se hizo muy amiga del niño que la había salvado. Todos los días compartían un rato: salían a pasear a un río cercano, disfrutaban del aire y del sol, y jugaban a tirar piedras planas para verlas saltar sobre el agua. A veces la niña le enseñaba alguna materia que a Sebastián le costaba, y él le enseñaba a ella los nombres de los pájaros que cantaban en la orilla.
Llegó por fin el día de Navidad, y Panchita estaba muy ansiosa esperando la hora de la fiesta. Durante el día se preparó y escogió su vestido más elegante. El jardín, que era muy grande, se había llenado de mesas largas con manteles blancos, faroles colgados de los árboles y un pino enorme adornado con estrellas. A la hora del festejo salieron los tres muy contentos, y la gente ya había empezado a llegar.
Cuando estaba sentada en una de las mesas junto a sus padres, Panchita vio a su hada madrina en un rincón del jardín, llamándola con la mano.
—Voy y vengo de inmediato —les dijo a sus padres.
Fue donde estaba ella y la saludó muy feliz:
—¡Hola, madrinita! ¿Cómo estás?
—Me alegro, mi niña, de que te hayas sanado y de que tus padres hayan cambiado de actitud —le respondió el hada.
Lo que Panchita no sabía era que la princesita se había presentado ante sus papás mientras ella estaba hospitalizada. Había conversado con ellos, haciéndoles ver que todos eran iguales, que no debía existir diferencia entre ellos y la gente de su ciudad. Y había sido ella quien había animado a todos a ir a donarle sangre a su hija.
Panchita solo tuvo palabras de agradecimiento para su hada madrina. Ella, muy orgullosa de la niña, le dijo:
—Yo te doy las gracias a ti, por tu buen corazón. Si no fuera por ti, nada de esto habría pasado.
Luego Panchita la tomó del brazo y la invitó a sentarse junto a sus padres, pero la princesita se despidió:
—Gracias, mi niña linda, pero debo irme a otra ciudad a ver a otros niños que están solos, para que no pasen una Navidad triste.
Y con un destello de su varita se elevó por encima de los faroles, hasta confundirse con las estrellas.
La niña, con lágrimas en los ojos, volvió donde sus padres.
—¿Qué te pasó, mi niña? —le preguntaron.
—Estoy muy emocionada —les contestó—, y les doy las gracias por cumplir mis deseos de hacer feliz a toda la gente de nuestro pueblo.
Sus papás, felices, la abrazaron y le dijeron:
—Siempre vamos a cumplir tus deseos.
Al término de la fiesta, cada familia regresó contenta a su casa, los niños abrazados a sus regalos. Y Panchita pudo acostarse muy feliz, y se quedó dormida con una sonrisa de oreja a oreja.
Y este cuento se ha acabado; mañana les cuento otro.
Esta historia nos enseña a no hacer diferencias entre unos y otros, pues todos fuimos hechos iguales.