Se dice, desde hace mucho tiempo, que cuando sale un arco iris hay un tesoro escondido al final de él. ¿Será mito o realidad? Bueno, había que descubrir de verdad qué se esconde detrás de estas palabras.
He aquí una historia en la que se cuenta que había una vez una joven llamada Luna, que vivía en un pueblo pequeño rodeado de colinas verdes y grises. Tenía el cabello oscuro y largo, unos ojos grandes y curiosos, y la costumbre de mirar siempre hacia el horizonte, como si allá lejos la estuviera esperando algo.
Un día, después de una lluvia torrencial que dejó los techos goteando y los caminos llenos de charcos, apareció en el cielo un arco iris vibrante. Era tan grande y tan nítido que parecía un puente pintado de una colina a otra. Según la leyenda del pueblo, al final del arco iris se encontraba un tesoro que concedía deseos a quien lo encontrara.
Luna, impulsada por la curiosidad y por la esperanza de cambiar su destino, decidió emprender un largo viaje para cumplir su deseo de encontrar el tesoro. Guardó en su mochila un poco de pan, un chal de lana y una cajita de fósforos, se despidió de su casa y comenzó a caminar.
A medida que avanzaba, se fue encontrando con personajes coloridos que representaban cada color del arco iris, cada uno con su propia historia y una lección que enseñar.
Así fue como caminó días y días, tratando de encontrar lo que tanto deseaba. Pero siempre descubría que le faltaba mucho para llegar adonde quería.
El primero en aparecer fue un muchacho con una gorra roja, muy conversador, que le indicó con toda seguridad un camino por el cerro. Luna lo siguió hasta que el sendero se perdió entre los matorrales y tuvo que volver sobre sus pasos. No fue el único: más de una vez se encontró con gente que le daba direcciones equivocadas. Así aprendió la lección del rojo: escuchar a los demás, pero no dejar nunca de mirar ella misma hacia dónde brillaba el arco.
Ella estaba maravillada con los colores del arco iris, y dentro de sí misma pensaba: “Seré muy afortunada cuando llegue al final”.
Lo que no sabía era que tendría que caminar kilómetros y más kilómetros, y cruzar ríos y montañas.
En el camino también se encontró con gente amable que la ayudó. Una señora de delantal naranja, que llevaba zapallos a la feria en su carreta, la invitó a subir y la llevó un buen trecho, cantando todo el camino. “Nadie llega lejos completamente sola, mijita”, le dijo al despedirse. Esa fue la lección del naranja: saber aceptar la ayuda que se ofrece de buen corazón.
Más adelante, un campesino de poncho amarillo le prestó su caballito. Pero cuando Luna vio que el camino era tan largo, se bajó del caballo para que este descansara y no se agotara tanto, y prefirió seguir a pie a su lado. El campesino, que la había seguido para recuperar a su animal, sonrió al verla y le dijo: “Quien cuida a quien lo ayuda, nunca camina solo”. Esa fue la lección del amarillo.
Cuando llegaba la noche, Luna se acurrucaba debajo de un arbolito y, si hacía frío, encendía una fogata para calentarse. Se quedaba mirando las chispas que subían hacia las estrellas y pensaba en el tesoro.
Al día siguiente se levantaba, iba al río a lavarse la cara con el agua fría, se alimentaba con lo que llevaba y se marchaba nuevamente en busca del final del arco iris. Así caminaba, llena de ilusiones y esperanzas. Siempre se encontraba con alguna traba, pero jamás se echaba a morir.
Un día, caminando, se encontró con una anciana de chal verde que estaba sentada a la puerta de su casita, junto a un huerto lleno de hierbas.
—No te preocupes —le dijo la anciana—, que pronto encontrarás lo que buscas. Si eres perseverante, lo vas a lograr.
La anciana la invitó a su casa a compartir un pequeño desayuno de pan amasado con mermelada y leche tibia.
—No puedes seguir así, sin alimentarte bien —le dijo—. Debes comer cosas que te den vitaminas y fuerza para el camino.
—Está bien, no se preocupe, lo haré —le contestó Luna.
Antes de despedirse, la abuelita le llenó una botella de agua fresca y le regaló unas manzanas. Esa fue la lección del verde: para llegar lejos, también hay que cuidarse a uno mismo.
Todavía le faltaba mucho para llegar, aunque parecía que estaba cerca. Luna veía el arco iris brillar cada vez más, y por eso sus ansias de llegar lo antes posible eran enormes. Pero sabía que aún tardaría bastante.
Ya no le quedaban fuerzas. Una mañana no pudo levantarse temprano, y por la tarde se recostó debajo de un árbol hasta quedarse dormida.
Durmió muy bien acompañada: unos pajaritos de alas azules se posaron en las ramas sobre ella y la cuidaron con mucho cariño, y unos perritos guardianes se echaron a sus pies. Luna, que quería mucho a los animales, les hizo cariño al despertar, y ellos, en agradecimiento, la acompañaron durante un buen trecho. Esa fue la lección del azul: descansar también es parte del camino.
Al despertar, después de haber dormido unas dos horas, bebió un poco del agua que le había convidado la abuelita y se comió una de las manzanas. Luego se levantó para continuar su viaje, un poco más descansada. Aún le quedaba por cruzar un cerro, aunque no tan alto, y ansiosa por llegar, siguió caminando, pero un poco más lento para no agotarse.
Además, recordaba que la abuelita le había dicho que tendría que buscar dónde resguardarse durante la noche, porque era un poco peligroso que viajara sola.
Luna quiso hacerle caso. Cerca del cerro había un pequeño hotel, y allí buscó alojamiento para la noche. La administradora, una señora amable con un vestido de color añil, le entregó las llaves de la pieza.
Luna le preguntó si podía subirle una taza de café, y la señora le ofreció además un rico pastel que tenía para la venta. “Qué bueno”, le dijo Luna. Antes de acostarse se duchó, se tomó el café con el pastel y luego se acomodó para dormir, escuchando cómo el viento movía las ramas afuera de la ventana.
Al llegar la mañana, Luna se despertó, se duchó nuevamente y se vistió con ropa cómoda. La encargada le llevó el desayuno a la pieza, y ella, muy agradecida por la atención, le dio las gracias. “Un techo seguro y una mano amable valen más que cualquier atajo”, le dijo la señora del vestido añil. Esa fue la lección del añil.
Al terminar su desayuno, Luna pagó su estadía y se marchó muy alegre, porque había podido descansar bien durante toda la noche.
Continuó su caminata con más ansias que nunca.
Siguió caminando, cuando de pronto se dio cuenta de que le faltaba poco, de que por fin estaba llegando a su objetivo. Veía cómo el arco iris bajaba hasta el final del mismo camino por el que ella iba, con sus colores muy luminosos y esplendorosos.
Cuando ya estaba llegando a la meta, Luna hizo un gran descubrimiento. Ella, impulsada por la curiosidad y la esperanza de cambiar su destino, había emprendido el viaje para encontrar, según creía, un gran tesoro.
Pero al pie del arco iris no había ningún cofre, ni monedas, ni joyas. Solo había un charco de agua de lluvia, quieto como un espejo, iluminado por una luz violeta. Luna se inclinó sobre él y vio su propio rostro, cansado pero feliz, con los colores del arco iris brillando alrededor.
Entonces se acordó de todos los que había conocido en el camino: el muchacho de la gorra roja, la señora de la carreta naranja, el campesino del poncho amarillo, la abuelita del chal verde, los pajaritos azules y la señora del vestido añil. Cada uno de ellos, representando un color del arco iris, le había dejado su propia historia y su lección. Y el violeta, el último color, era ella misma.
¡Cuál fue su sorpresa! Al final del arco iris no existía un tesoro como el que había imaginado. Luna descubrió que el verdadero tesoro no es el oro ni las riquezas, sino la capacidad de ver la belleza y la magia en el mundo que nos rodea.
Desde ese día, el arco iris se transformó para ella en un símbolo de esperanza y de posibilidades, que le recordaba que los sueños y los deseos pueden hacerse realidad si uno cree en ellos.