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Mia y su Pingüino

12 min de lectura
Edades 7-13
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por Abuela Hilda

Cuento Largo

Hay objetos que guardan secretos. Peluches que esconden misterios. Y niñas que, sin saberlo, se convierten en guardianas de magia que ni siquiera sospechan. Esta es la historia de Mia, una niña brillante de once años, y de Magda Alaska, un pingüino de peluche que no es lo que parece.

A veces, los mejores regalos no son los más costosos, sino aquellos que nos eligen a nosotros tanto como nosotros los elegimos a ellos. Y a veces, el mayor misterio no está en descubrir un secreto, sino en vivir felizmente sin conocerlo.

Capítulo 1: El Viaje a Punta Arenas

Mia acababa de terminar quinto año básico con calificaciones extraordinarias. Sus padres, orgullosos de su excelencia académica, decidieron premiarla con algo especial: acompañarían a su padre en un viaje de trabajo a la hermosa ciudad de Punta Arenas, en el extremo sur de Chile.

—¡Vamos a Punta Arenas! —había anunciado su padre una tarde—. Tengo que asistir a un evento por mi trabajo, y creo que te has ganado conocer una de las ciudades más fascinantes del país.

Mia no podía creer su buena suerte. Había leído sobre Punta Arenas en sus libros de geografía: la ciudad del fin del mundo, donde el mar se encuentra con la Patagonia, donde los pingüinos caminan en sus costas, donde el viento cuenta historias de navegantes y exploradores.

El viaje fue largo pero emocionante. Cuando llegaron, se hospedaron en casa de una prima de su madre, una mujer alegre llamada Beatriz, que vivía con sus tres hijos en una casa acogedora cerca del centro de la ciudad.

—Bienvenidos a la ciudad del viento —les dijo la prima, abrazándolos en la puerta—. Mia, mis hijos están ansiosos por conocerte. Creo que van a ser grandes amigos.

Durante los primeros días, Mia exploró la ciudad con asombro. Visitaron el Estrecho de Magallanes, caminaron por la plaza principal, y su padre asistió a sus reuniones mientras ella disfrutaba de la compañía de sus primos.

Una tarde, después del almuerzo, la prima Beatriz propuso:

—¿Qué les parece si salimos a vitrinear por el centro? Hay tiendas muy lindas donde podemos mirar.

Mia nunca había escuchado esa palabra: “vitrinear”. Su prima le explicó que significaba salir a mirar las vitrinas de las tiendas, sin necesariamente comprar nada, solo disfrutando del paseo.

Caminaron por las calles del centro, mirando tiendas de ropa, de libros, de artesanías. Hasta que llegaron a una juguetería especial, con una vitrina llena de colores que llamó la atención de Mia inmediatamente.

Allí, entre muñecas, autos de juguete y peluches de todo tipo, un pingüino de peluche parecía mirarla directamente. Era suave, con su característico plumaje blanco y negro, pequeñas aletas mullidas, y unos ojos brillantes que parecían contener historias secretas.

—Mamá —dijo Mia, sin poder apartar la mirada—, ¿me puedes comprar ese peluche?

Su madre sonrió con ternura.

—Pídele a tu papá, mi amor. Él es quien tiene la billetera hoy.

Mia se volvió hacia su padre con ojos suplicantes:

—Papá, papá, ¿me puedes comprar el pingüino? Por favor.

Su padre miró el peluche y luego a su hija, cuya mirada brillaba con una emoción que él conocía bien: era la misma mirada que tenía cuando descubría un libro nuevo en la biblioteca.

—Bueno, hija —dijo finalmente—. Pero también les compraremos algo a tus hermanas que se quedaron en casa, en Valparaíso. ¿Te parece justo?

—¡Sí, papá! —exclamó Mia, abrazándolo con fuerza.

Entraron a la tienda. El vendedor, un hombre mayor de pelo canoso, tomó el pingüino de la vitrina con curiosidad.

—Interesante elección —murmuró, como si hablara para sí mismo—. Este pingüino ha estado en esa vitrina más tiempo que cualquier otro peluche. Pensé que nadie lo elegiría jamás.

Mia extendió las manos y recibió el peluche. En el momento en que lo tocó, sintió algo extraño: una pequeña vibración, como un suspiro diminuto. Pero fue tan breve que pensó que lo había imaginado.

—¿Cómo lo vas a llamar? —preguntó su madre mientras pagaban.

Mia miró al pingüino detenidamente. Había algo en él que le recordaba la aventura, el frío del sur, la magia de ese lugar.

—Magda Alaska —dijo con seguridad—. Se llamará Magda Alaska.

Su madre sonrió. Era un nombre perfecto para un pingüino de Punta Arenas.

Capítulo 2: El Pingüino Especial

Los días siguientes en casa de la prima Beatriz fueron formidables. Mia jugaba con sus primos, exploraban el patio, contaban historias antes de dormir. Y siempre, siempre, Magda Alaska estaba con ella.

Mia trataba a su pingüino con un amor especial. Le hablaba, le contaba sus secretos, lo incluía en todos sus juegos. Por las noches, antes de dormir, lo abrazaba fuertemente contra su pecho.

—Mientras yo duermo —le susurraba—, tú también vas a dormir a mi lado, sin moverte. ¿Está bien, Magda?

Lo que Mia no sabía era que Magda Alaska no era un peluche cualquiera. Jamás lo había sido.

Desde hacía meses, en aquella juguetería de Punta Arenas, Magda había sido el terror secreto de los empleados. Cada mañana, cuando abrían la tienda, encontraban los peluches de la vitrina completamente desordenados: el oso de felpa aparecía cabeza abajo, la jirafa estaba en el estante de los autos, las muñecas tenían sus vestidos intercambiados.

—¡Otra vez! —exclamaba la dueña, agarrándose la cabeza con ambas manos—. ¿Pero qué está pasando aquí? Nosotros dejamos todo en su lugar, perfectamente ordenado.

Los empleados se miraban entre sí, sin explicación. Revisaban las cerraduras, las ventanas, buscaban evidencia de algún intruso. Pero nunca encontraban nada.

Y Magda Alaska, en su lugar privilegiado de la vitrina, observaba todo con expresión inocente, haciéndose el desentendido.

Porque Magda tenía un secreto: tenía superpoderes. Podía moverse cuando quería, podía dar vida a otros peluches con solo tocarlos, y adoraba hacer travesuras. Era su naturaleza mágica, un don que no todos los peluches poseían.

Durante meses había esperado. Esperado a la persona indicada. Esperado a alguien que lo mirara con verdadero cariño, no con simple capricho. Esperado a alguien que pudiera amarlo de verdad.

Y cuando vio a Mia a través del vidrio de la vitrina, supo que había encontrado a su persona.

Capítulo 3: El Regreso a Casa

Cuando la familia regresó a Valparaíso, Mia estaba feliz. El viaje había sido maravilloso, pero también extrañaba su casa, su habitación, su propia cama.

Sus hermanas menores la recibieron con entusiasmo, ansiosas por ver los regalos que les habían traído de Punta Arenas.

—¡Mira, mamá me trajo este pingüino! —anunció Mia, mostrándoles a Magda Alaska con orgullo.

Su padre había comprado pingüinos de peluche similares para las hermanas de Mia. Eran bonitos, suaves, casi idénticos a Magda. Pero las hermanas de Mia, después de jugar un poco con ellos, los dejaron en un estante de sus habitaciones, junto a otros juguetes olvidados.

Los pingüinos de las hermanas no se movían de donde los dejaban. Permanecían quietos, como peluches normales, acumulando polvo lentamente.

Pero Magda Alaska era diferente.

Esa primera noche en Valparaíso, Mia preparó su habitación con entusiasmo. Acomodó a Magda en la repisa junto a sus otras muñecas y peluches: una muñeca de trapo llamada Rosita, un oso café llamado Bruno, una jirafa de cuello largo llamada Estrella.

—Te presento a mis amigos —le dijo Mia a Magda—. Van a ser tus compañeros de ahora en adelante.

Después de cenar, Mia se cepilló los dientes, se puso el pijama y se metió en la cama. Su madre vino a darle las buenas noches, como todas las noches.

—¿Todo en orden, mi amor? —preguntó su madre, arropándola.

—Todo perfecto, mamá —respondió Mia, abrazando a Magda—. Gracias por el viaje. Fue lo mejor que me ha pasado.

—Te lo mereces, campeona. Descansa.

Su madre apagó la luz y cerró la puerta suavemente.

Mia cerró los ojos, sintiendo el cansancio del día. En pocos minutos, estaba profundamente dormida, con Magda Alaska entre sus brazos.

Pero Magda no dormía.

Capítulo 4: El Primer Desorden

Cuando Magda estuvo seguro de que Mia dormía profundamente, comenzó a moverse. Lentamente, con mucho cuidado para no despertar a la niña, se deslizó de los brazos de Mia y bajó sigilosamente de la cama.

Sus pequeñas patas de peluche tocaron la alfombra sin hacer ruido. Se quedó quieto unos segundos, escuchando la respiración tranquila de Mia. Perfecto.

Magda miró hacia la repisa donde estaban los otros peluches y muñecas. Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro de felpa.

Con agilidad sorprendente para un pingüino, trepó por la silla, luego por el escritorio, hasta alcanzar la repisa. Allí estaban todos: Rosita la muñeca, Bruno el oso, Estrella la jirafa, y varios más que Mia había coleccionado a lo largo de los años.

Magda extendió su aleta y tocó suavemente a Bruno. Una chispa casi imperceptible pasó del pingüino al oso. Bruno parpadeó.

—¿Qué… qué está pasando? —murmuró Bruno, mirando sus propias patas con asombro—. ¡Me puedo mover!

—Shhhh —susurró Magda—. No despiertes a la niña. Ven, tengo una idea divertidísima.

Uno por uno, Magda tocó a todos los peluches y muñecas de la repisa. Rosita estiró sus brazos de trapo, Estrella movió su largo cuello, y pronto toda la repisa estaba llena de juguetes animados, mirándose entre sí con sorpresa.

—¿Quién eres tú? —preguntó Rosita—. ¿Y cómo hiciste esto?

—Soy Magda Alaska —respondió el pingüino con orgullo—. Y tengo poderes especiales. Pero no hay tiempo para explicaciones. ¡Es hora de divertirnos!

—¿Divertirnos? —preguntó Estrella—. ¿Cómo?

Magda sonrió con picardía.

—¿Alguna vez han querido hacer algo completamente diferente? ¿Explorar? ¿Cambiar de lugar? ¡Pues esta es nuestra oportunidad!

Y así comenzó el caos.

Los peluches, emocionados por su nueva libertad, empezaron a moverse por toda la habitación. Bruno decidió que quería ver cómo se sentía estar en el estante de los libros. Rosita quiso probarse el sombrero de Mia. Estrella intentó alcanzar el techo con su cuello largo.

Magda los animaba a todos, saltando de un lado a otro, organizando carreras entre los peluches, creando torres tambaleantes de juguetes.

Los juguetes se reían, jugaban, experimentaban la libertad de moverse después de años de estar inmóviles. Era mágico. Era caótico. Era completamente desordenado.

Pero cuando el reloj marcó las cinco de la mañana, Magda dio una palmada.

—¡Todos a sus lugares! —ordenó—. Pronto amanecerá y Mia se despertará.

Los peluches, cansados pero felices, comenzaron a volver a sus lugares. Pero en la emoción de la noche, muchos se confundieron. Bruno terminó donde antes estaba Estrella. Rosita quedó boca abajo. Los libros de Mia estaban esparcidos por el suelo.

Magda miró el desorden y sonrió satisfecho. Luego, con cuidado, regresó a la cama y se acurrucó junto a Mia, exactamente en la posición en que la niña lo había dejado.

Cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana, Magda cerró los ojos y se hizo el dormido. Nadie sospecharía nada.

Capítulo 5: La Investigación de Mia

A las siete de la mañana, la madre de Mia abrió la puerta de la habitación para despertarla.

—Buenos días, mi amor, es hora de… —se detuvo en seco, mirando la habitación con asombro—. ¡Pero Mia! ¿Qué sucedió aquí? ¡Está todo patas para arriba!

Mia abrió los ojos lentamente, aún somnolienta. Tardó unos segundos en enfocar la mirada. Cuando vio su habitación, se sentó de golpe en la cama.

—¿Qué? —exclamó, mirando a su alrededor con confusión—. Pero mamá, no sé qué pasó. Yo tenía todo ordenado. Tú lo viste anoche cuando viniste a darme las buenas noches.

Era verdad. Los libros estaban en el suelo. Los peluches no estaban en sus lugares habituales. Rosita estaba boca abajo en el escritorio. Bruno colgaba del estante de una manera imposible.

—Hmm —murmuró su madre, pensativa—. Habrá sido Simona.

Simona era la perra de la familia, una golden retriever juguetona que a veces entraba a las habitaciones.

—¿O quizás fue Cleo? —añadió su madre, refiriéndose a la gatita de la casa.

Mia negó con la cabeza.

—No creo, mamita. Mi puerta estaba cerrada. Ellas no pudieron entrar.

Su madre suspiró.

—Qué extraño. Bueno, arréglalo antes del desayuno, ¿sí?

Cuando su madre salió, Mia miró a Magda, que permanecía inmóvil en la cama con expresión inocente.

—Magda —le dijo suavemente—, ¿tú sabes qué pasó aquí?

Obviamente, Magda no respondió. Era solo un peluche. ¿O no?

Esa noche, Mia decidió investigar. Antes de dormir, acomodó cada peluche y muñeca en lugares específicos, memorizando exactamente dónde estaba cada uno. Colocó a Magda a su lado, lo abrazó, y cerró los ojos.

Pero no se durmió.

Se quedó despierta, con los ojos apenas entreabiertos, observando. Los minutos pasaban lentamente. Media hora. Una hora.

El sueño comenzaba a vencerla cuando escuchó un sonido suave: un roce casi imperceptible.

Abrió un ojo apenas.

Magda se estaba moviendo.

Mia contuvo la respiración. No podía creerlo. Su pingüino de peluche estaba bajando de la cama, caminando sobre sus pequeñas patas de felpa como si fuera lo más natural del mundo.

“Debo estar soñando”, pensó Mia.

Pero no estaba soñando.

Observó, inmóvil y en silencio, cómo Magda trepaba a la repisa. Vio cómo tocaba a cada peluche y estos cobraban vida. Escuchó sus pequeñas voces, vio cómo comenzaban a jugar, a moverse, a crear caos organizado.

Era imposible. Era mágico. Era real.

Mia estaba tan asombrada que olvidó que debía estar fingiendo dormir. Se incorporó lentamente en la cama, mirando la escena con los ojos muy abiertos.

Magda, en medio de organizar una carrera de peluches, sintió la mirada de Mia. Se volvió lentamente.

Sus ojos de felpa se encontraron con los ojos sorprendidos de la niña.

Durante unos segundos, ninguno se movió.

Luego, Magda hizo algo inesperado: le guiñó un ojo a Mia.

Y con un movimiento de su aleta, como pidiendo silencio, tocó cada peluche nuevamente. Todos se quedaron inmóviles instantáneamente, volviendo a ser peluches normales.

Magda caminó de regreso a la cama, trepó con esfuerzo, y se acurrucó junto a Mia en su posición habitual.

Mia lo tomó en sus brazos, con el corazón latiendo fuertemente.

—Tú… tú puedes moverte —susurró—. Tienes poderes mágicos.

Magda no respondió. Simplemente se acurrucó más cerca, como cualquier peluche haría.

Mia sonrió en la oscuridad. Tenía un secreto ahora. Un secreto maravilloso que nadie más conocía.

—Está bien, Magda —murmuró—. Tu secreto está a salvo conmigo.

Capítulo 6: El Pacto Silencioso

A la mañana siguiente, Mia se despertó y miró a Magda con ojos diferentes. Ya no era solo un peluche. Era un amigo mágico, un ser especial que había confiado en ella su secreto.

Cuando su madre entró a la habitación, esperaba encontrar otro desorden. Pero esta vez, todo estaba perfectamente en orden.

—Qué bien, mi amor —dijo su madre, sorprendida—. Veo que resolviste el problema del desorden.

Mia sonrió.

—Sí, mamá. Ya no habrá más problemas.

Durante el desayuno, las hermanas de Mia jugaban con sus propios pingüinos de Punta Arenas, pero pronto los dejaron de lado para ver la televisión. Los pingüinos de las hermanas permanecieron inmóviles en el sofá, siendo peluches comunes y corrientes.

Pero Mia sabía que Magda era diferente.

Esa noche, cuando todos dormían, Mia no fingió estar dormida. En cambio, se sentó en la cama y esperó.

Magda la miró. Hubo un momento de silencio. Luego, lentamente, el pingüino se movió y se paró sobre sus patas.

—Hola, Mia —dijo con una voz suave, como el viento sobre la nieve.

Mia no se asustó. Simplemente sonrió.

—Hola, Magda. Ya sé tu secreto.

—Lo sé —respondió Magda—. Te vi despierta anoche. Pensé que gritarías o te asustarías.

—¿Por qué me asustaría? —preguntó Mia—. Eres mágico. Eres especial. Eres mi amigo.

Magda se acercó y se sentó junto a ella.

—No todos los niños entienden la magia. Algunos se asustan. Otros quieren usarla para su beneficio. Por eso nunca me moví cuando otros niños me miraban en la tienda. Esperé a la persona correcta.

—¿Y yo soy la persona correcta? —preguntó Mia suavemente.

—Sí —respondió Magda—. Desde el momento en que te vi a través de la vitrina, supe que podías entender. Supe que podías guardar un secreto. Supe que podías amar sin necesidad de explicaciones.

Mia abrazó a Magda cuidadosamente.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Por qué haces desorden? ¿Por qué mueves los peluches de lugar?

Magda se rió suavemente, un sonido como campanitas.

—Porque después de estar quieto tanto tiempo en una vitrina, necesito moverme. Necesito jugar. Necesito sentir que estoy vivo. Y los otros peluches también. Les doy vida por unas horas para que ellos también puedan jugar, explorar, sentir.

Mia comprendió.

—Entonces no es maldad —dijo—. Es libertad.

—Exactamente —respondió Magda—. Pero puedo ser más cuidadoso si prefieres. Puedo mantener todo ordenado para que tu mamá no se preocupe.

Mia pensó un momento.

—¿Qué tal si hacemos un trato? Puedes seguir jugando con los peluches y dándoles vida. Pero al final de la noche, ayúdalos a volver a sus lugares exactos. Así nadie sospechará, y ustedes podrán seguir teniendo sus aventuras nocturnas.

Magda asintió entusiasmado.

—¡Me parece perfecto! Eres muy sabia, Mia.

—Y tú prométeme algo —añadió Mia—. Prométeme que siempre serás mi amigo. Que aunque puedas hacer magia, seguirás siendo mi Magda.

—Te lo prometo —dijo Magda solemnemente—. Siempre seré tu amigo. Siempre estaré aquí para ti.

Sellaron su pacto con un abrazo.

Desde esa noche, Mia y Magda compartieron un secreto hermoso. Durante el día, Magda era un peluche normal que Mia cargaba con cariño. Durante la noche, era un ser mágico que daba vida y alegría a los juguetes olvidados.

Y aunque Mia sabía la verdad, nunca se lo contó a nadie. Ni a sus hermanas, ni a sus padres, ni a sus mejores amigos.

Porque algunos secretos son demasiado mágicos para compartir.

Porque algunos amigos son demasiado especiales para explicar.

Y porque a veces, el mayor regalo no es entender la magia, sino simplemente creer en ella.

Pasaron los años.

Mia creció, terminó la escuela, fue a la universidad. Magda siempre estuvo en su habitación, en un lugar especial de honor. Y aunque Mia ya no jugaba con peluches, cada vez que volvía a casa de visita, lo primero que hacía era saludar a Magda.

—Hola, viejo amigo —le susurraba—. ¿Todavía haces travesuras por las noches?

Y aunque Magda no respondía durante el día, Mia sabía que por las noches, cuando todos dormían, su pingüino mágico seguía dando vida a los juguetes, seguía creando pequeñas aventuras en la silenciosa habitación.

Cuando Mia tuvo su propia hija, le regaló a Magda Alaska.

—Este pingüino es muy especial —le dijo a su hija, una niña de ojos brillantes llamada Elena—. Cuídalo mucho, porque tiene secretos que solo él puede compartir contigo.

Elena abrazó a Magda, y por un momento, Mia vio algo familiar: un pequeño guiño casi imperceptible en los ojos del pingüino.

Sonrió.

La magia continuaría. De generación en generación.

Porque algunos secretos no necesitan ser revelados.

Solo necesitan ser amados.

La Lección

Sobre la magia en las cosas cotidianas: No necesitas ver algo extraordinario para creer en la magia. A veces, la verdadera magia está en las cosas simples: un peluche querido, un objeto que nos acompaña, un amigo que siempre está ahí. La magia existe en el cariño que le ponemos a las cosas, no en las cosas mismas.

Sobre guardar secretos: Hay secretos que son tesoros personales. No todos los secretos deben ser revelados. Algunos secretos son como pequeñas joyas que guardamos en nuestro corazón, que nos hacen únicos, que nos conectan con algo especial. Aprender a guardar un secreto con amor es aprender a valorar la confianza.

Sobre la imaginación: Mia nunca supo con certeza si Magda realmente se movía o si todo era producto de su imaginación maravillosa. Y esa incertidumbre es hermosa, porque nos enseña que no siempre necesitamos explicaciones lógicas para todo. A veces, creer es suficiente.

Sobre el cuidado y el amor: La manera en que Mia cuidaba a Magda, con amor genuino y respeto, fue lo que creó la conexión especial entre ellos. Cuando amamos algo con sinceridad, sea un objeto, un animal, o una persona, ese amor transforma la relación en algo mágico. El amor verdadero siempre tiene algo de magia.

Sobre la libertad y la responsabilidad: Magda necesitaba moverse, jugar, sentirse libre después de estar tanto tiempo inmóvil en una vitrina. Y Mia comprendió esa necesidad sin juzgarla, solo pidiendo responsabilidad. Respetar la libertad de los demás, mientras mantenemos el orden necesario para no preocupar a quienes amamos, es un equilibrio sabio.

Sobre la amistad verdadera: La amistad entre Mia y Magda no necesitaba de constantes explicaciones o demostraciones. Era silenciosa, comprensiva, basada en la aceptación mutua. Las mejores amistades son aquellas donde puedes ser completamente tú mismo, con tus secretos y tu magia, sin miedo a ser juzgado.

Para reflexionar: ¿Tienes algún objeto especial que te acompañe desde hace tiempo? ¿Le has dado amor y cuidado? Quizás, a su manera, también tiene magia. Quizás, cuando no miras, también tiene su propia vida secreta. Y no necesitas saberlo para que sea real. Solo necesitas seguir queriéndolo.


Dedicado a todos los niños que alguna vez creyeron que sus juguetes cobraban vida por las noches. Tenían razón.

Con cariño, Abuela Hilda

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